miércoles, 28 de marzo de 2018

Bajante de Matías Aldaz, texto presentación



El palo en la rueda o Las aguas bajan turbias

Manuel Puig comienza su novela El beso de la mujer araña con esta frase: “A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas”. Recuerdo esa frase, ahora, porque leyendo esta novela de Martin Aldaz, Bajante, se me ocurre decir algo parecido: A esta escritura se le ve que algo raro tiene, que no es una novela como todas. Manuel Puig se refiere (su personaje Molina en realidad) a la Mujer pantera, la bizarra película que Molina le cuenta a Valentín para atravesar los enormes bloques de soledad que los rodea en la prisión. En Bajante, esa rareza es ante todo estilística, pero es también un punto de vista, una caída que se sostiene a lo largo de todo el libro, perfectamente apuntalada por el autor. Y es, sobre todo, una partitura, un despliegue de voces. Voy a tratar de explicarme. Voy a pensar en voz alta, articular en voz alta lo que pienso en realidad, mientras escribo, ya que escribir sobre este libro es pensar en caída libre para mí, es pensar y arriesgar, en torno a esta novela, algunas ideas. En las posibilidades que la novela “realista” todavía ofrece por estos lares y en nuestra lengua. Porque Bajante, si no me equivoco, es una novela realista. Un realismo extraño, eso sí, intervenido, interferido por una serie de recursos que le dan un inquietante espesor al texto.

En principio, no es un realismo urbano, sino que transcurre en el litoral argentino, en Corrientes, y en la frontera con Brasil. En este sentido, agradecemos la distancia del narrador y la falta de folklore, de sentimentalidad quiero decir, en los detalles. Todo es visto con tranquilidad, sin asombro, por un lente que no exagera ni se desatiende de lo que ve. El paisaje, las voces, las particularidades de la región, están escritas con el mismo tono impersonal, un tono que se acerca, en cierta forma, al desapego (no el desinterés), y a una manera de ver que no sea, ante todo, una extorsión para el lector. Voz atenta, como dije, a la descripción de los detalles. Voz invariable, neutra. Cito: “Mercedes le da un mordisco a un sándwich de pan lactal. Va a la habitación y se desnuda mirándose al espejo. Los huesos de la cadera parecen dos huesos que se le metieron por la espalda. En la panza le sobra piel”. Así, sin más. La pura materialidad de los hechos y de las cosas. Sin embargo, esta intención de distancia se ve traicionada cada tanto, y como ocurre con las traiciones en general, y en esta novela en particular, este desvío se vuelve inesperado y benéfico.

Por ejemplo, ya que estamos con los comienzos de novela, leamos el comienzo de Bajante. Una frase sencilla, que dice lo que dice, y dice otra cosa:  El timbre suena como una descarga eléctrica.  Es decir, una frase compuesta por una imagen y una metáfora. Metáfora que, seguramente, escandalizaría a Robbe Grillet, el padre del objetivismo en la narrativa moderna. Pero a quién le importa eso, la frase está ahí, adelantando algo, cifrando algo de lo que nos enteraremos después. Me refiero a la “descarga eléctrica” que es toda la novela, desde que Mercedes, la protagonista, descubre esa carta que deja entrever la sombra de una infidelidad, junto con el deseo de saber la verdad (hasta las últimas consecuencias) suceda lo que suceda. Es decir, el eros de la novela, la pulsión que la lleva a escribirla, y a leerla, es ese deseo de verdad que mueve a Mercedes (alias Laura) y la arranca de su vida tranquila y la empuja hacia adelante. No sabe por qué, pero ya está decidido: pide unos días en el trabajo, compra unos materiales de pintura, mete un revólver en el bolso y se sube a un auto, para encontrarla, a la verdad, a ella, a la otra, a cualquier precio, sea lo que sea.

Más que novela realista, parece el conocido melodrama de una mujer despechada que se embarca en una inquietante novela policial. Debo confesar que yo también, al leerlo, me embarqué en la búsqueda de la otra, la autora de la carta, como cualquier señora de su casa, y que de todo corazón deseé que se encontrara con ella, frente a frente, y sopesara el arma en el bolso, y terminara con ese infierno de una vez. Pero, he aquí que el suspenso es sólo la excusa para contar otra cosa.  Por ejemplo, cada tanto el relato se detiene y empieza a moverse en cámara lenta. En lugar de seguir la línea de la prosa, se corta y se convierte en verso, unos pocos versos, precisos, ralentizados, frenando la acción, dejando caer la lente de un zoon sobre algunos detalles, cualquier detalle, hasta que perdemos de vista todo lo demás. Pienso en Fabio, en Leonardo Fabio, el director de cine, y en sus películas Gatica o Nazareno Cruz y el lobo, donde la secuencia también se detiene y vemos a Gatica en andas, la cara ensangrentada, las banderas blaquicelestes detrás, moviéndose hacia un lado y el otro, como adentro de un sueño, en un tiempo fuera del tiempo que es el tiempo de la poesía. Ese efecto, ese énfasis, irrumpe cada tanto en toda la novela. La retrasa y, acaso también, la ahonda, intercalando dos planos, dos maneras de percibir la historia. Como si se dijera, nos dijera: No vayas tan rápido. Mirá la mano sobre el teléfono, mirá esa ambulancia metida de culata, mira el agua, mira la cortina de hule, mirá, mirá.  

Lo dice, y unos pasos después, olvida lo que dice y acelera de nuevo. Le deja la posta al narrador, a ese extraño personaje que es el narrador omnisciente, ese que describe de la misma forma, sin que se le mueva un pelo, el modo en que la protagonista entra al auto, o se desliza por la ruta, o llega hasta una plaza de pueblo, o pide pollo con arroz y guaraná, o se tira sobre la cama, o se masturba (o sin hache, por supuesto). Nada se tambalea entre una acción y la siguiente. La prosa se avanza por una suerte de autopista a una velocidad regular. Hasta que algo, otra vez, la frena.

Ahora es una voz, otra voz, la voz de la conciencia de la protagonista, ese pájaro molesto que se le cruza en la ruta, en cualquier parte, en cualquier momento, una voz que no la deja tranquila, la lechucea, empañándolo. Cada intervención, un pequeño sobresalto, como si el camino estuviera lleno de baches, de pozos que aparecen y desparecen, sin otra misión que fastidiar, detener el avance de la novela. Chismosa, la voz. Le dice a Mercedes, nos dice: Seguro hay otras más… Pero si Paulo te dijo que esa casa era de él... Suena igual a la de los heladeros en las siestas de verano… Qué calentitas que tenés las manos…  Primero tenés que llamar a Mariana… En la facultad conociste a una Alelí que le decían Ale… A esa nunca le importaste, qué pregunta ahora. Una voz que se mete, interrumpe. Maleducada, no respetas las reglas del género, y encima sin decir acá estoy yo, sin presentarse, como pancho por su casa.

Pero no importa. Como dije antes, el narrador que lleva adelante la novela no dice nada. No dice: salí de acá, salgan de acá, esta es mi prosa y en mi prosa mando yo. Sigue como si oyera llover. Es un señor, un señorito inglés, que nació, al parecer, en Entre Ríos, y se crío desde muy chico en Paso de los Libres, Corrientes, y vive, desde 1997 en Buenos Aires, y es el autor −de paso− que se lava las manos, y no lo estrangula al poeta con sus rarezas, ni hace callar la voz de esa metida, que no deja que la protagonista coma y cague, sin que la molesten con algún comentario. Maquínico, el narrador. Maquínica (la prosa y la protagonista) como si hubieran perdido el alma con el accidente.

Aún así, el narrador (la novela) termina por meterse en el cuerpo de la protagonista, en su cuerpo desnudo y desquiciado, que se interroga por el deseo de su marido, y el deseo de la amante, y por su propio deseo. Cómo es que el autor (varón, heterosexual, bah, no lo conozco a Matías pero imagino que es así), se mete en la piel de este narrador inmutable, y juntos, los muy ladinos, entran en los pensamientos, en el corazón de esta mujer, de Mercedes, en su cama, para sentir lo que ella siente, (el cuerpo duro, tosco, la barba pelirroja, del encargado de la cabaña, entre el tufillo intolerable del alcohol y la demencia de su vida solitaria). En fin. La cuestión es que entran. Meten primero los dedos hasta hacen cimbrar, los muy palurdos, el clítoris, en donde otra descarga eléctrica nos espera, acaso la más determinante de todas: la del orgasmo. De la protagonista, Mercedes, y del chongo de la cabaña, por supuesto, y de ese asexuado, el narrador, que registra la escena con todos sus detalles, y también ese otro, el autor, ese mirón, llevando la batuta, un poco transpirado, porque está llegando al clímax, y lograr el clímax en una novela es siempre lo mejor, lo más mejor de todo, siempre.

Deseo, deseo, deseo. De saber la verdad. De saber lo que siente una mujer al ser penetrada. Penetrar en ese misterio, a través del texto. Matías logra, con su escritura esquizo, plagada de detalles, el clímax de esa confusión. De deseos. O al menos yo me confundo. Por momentos, no logro saber quién entra en quién. Lo único cierto es que, si hay coito, es un coito plural, donde cada cuerpo hace su aparición en el momento exacto y ejecuta lo suyo. Un coito que excede a Mercedes y al chongo pelirrojo de la cabaña, y que incluye al lector.

Por momentos me aparto y pienso: el autor es un cara dura. El autor, con su secretito, es el que más disfruta de todo esto, el que goza de su goce, da goce, a Mercedes, al chongo y a toda la parentela. El autor, ese voyeur, ese mirón. El mirón, así se llama una de las novelas emblemáticas de Robbe-Grillet, ¿se acuerdan? El goce de mirar desde afuera, para estar en todas partes y no quedarse en ninguna. Y me acuerdo también de los narradores de Sade, que encuentran en la experiencia de contar, de poner en palabras las vicisitudes de la cópula, un goce sino mayor complementario, sin el cual el primero se reduciría a cenizas.

Como verán, a la descarga eléctrica del comienzo se le suceden otras. Al accidente del marido, le sigue el de la carta, y a éste el viaje, el arma, el chongo de la cabaña, la voz de la consciencia, el poeta con su palo en la rueda (el lirismo es siempre un palo en la rueda de la prosa, sobre todo cuando la prosa quiere hacer bien su trabajo). Y está, además, la muchacha linda, lindíssima, de un pueblo remoto, llamada Alejandra, la posible amante de Paulo, el marido de Mercedes, y la otra, un fantasma que lleva el mismo nombre, Alejandra, y que muere, ella también, en un accidente. El amor mismo como un accidente, una descarga eléctrica, una escritura enrevesada que nos fulmina.

Bajante: el terroncito de azúcar que es el deseo, transformado, de buenas a primeras, en planta venenosa. ¿Crimen y castigo? No sé. Más lo pienso, más me hundo. Una novela sencillita, sí, narrada en tercera persona, nos cuenta todo lo que les dije, y más. Como los diálogos telefónicos, ¡me olvidaba de los diálogos telefónicos!, esa chatarra, ese ruido, esa mugre, que nos distrae de la verdad. “La llamaba para avisarle que me voy de viaje hasta el domingo, Graciela, y que no voy a poder ir a verlo a Paulo. Sí, papá, anda medio jodido, una pulmonía. No, no está muy mal que digamos, pero ayer hablé con mamá y me dijo que el médico le dio reposo. Hace un año y medio que no voy. Sí, sola, es un viaje corto”. Etc., etc. Y encima −éramos pocos y parió mi abuela− el atentado terrorista sobre las torres gemelas, el día del maestro. Lo mismo que la carta donde Mercedes descubre la traición de su marido. Una acción terrorista. Los aviones estrellándose contra los altos edificios, la carta, entre las manos de Mercedes, un edificio que se derrumba. Una imagen adentro de otra imagen, una catástrofe adentro de la otra.

Y para terminar (o acabar, como ustedes prefieran) está el título, Bajante, que abre el libro como una metáfora ineludible. La del detritus que todo lo cubre, cuando las aguas bajan turbias. Ese final que es un regreso. Esa caída de Mercedes / Laura en sí misma, el choque con la verdad tan deseada, después de la cual empieza todo otra vez, o se termina todo. Como dije al comienzo: Se ve que esta escritura algo raro tiene, que no es una novela como todas. Si no me creen, léanla. En su timbre, en su voz, las descargas eléctricas se suceden y se superponen, unas a otras, en un verdadero cruce de fronteras, entre la novela realista y la novela policial, ente la poesía y la prosa, entre  la muerte del amor y el comienzo de algo que, no sin cierto entusiasmo, podemos llamar la vida.

Osvaldo Bossi
Almagro, marzo de 2018