jueves, 3 de agosto de 2017

La austeridad es la divisa de mi familia, texto presentación




Según nos dice Gustavo Gottfried en el prólogo de su libro, unas diapositivas encontradas por azar, en el desván de los recuerdos, es uno de los disparadores impensados de estos poemas; el otro, la enfermedad de la madre y la necesidad de acompañarla en el tratamiento, lo cual implicaba una cercanía parecida a la de la infancia, sólo que al revés: ahora es el hijo el que cuida de la madre y, de alguna forma, la protege de las adversidades de este mundo.

Esto, desde luego, en el plano visible. Quién sabe que otras intervenciones desconocidas participaron en el momento en que Gustavo vio cómo esa casualidad se transformaba en poema. Mejor dicho: poemas, muchos poemas, como una colección de diapositivas proyectadas, una tras otra, sobre la blancura del papel. El resultado es un libro extraño, que va y viene del relato al verso, de la fábula a una lírica contenida, del anecdotario personal a la visión de una época, de varias épocas en realidad, que arranca con el peronismo de los años 40 y siegue. 

No sé cómo lo hace, pero por momentos la necesidad de narrar se vuelve tan imperiosa que compite con la necesidad de la poesía que consiste, si no estoy equivocado, en cantar. Pero más que en competencia prefiero pensar en una colaboración donde la poesía, cada tanto, se pone a un costado y cede su lugar a los personajes. A tal punto, que cuento y canto se vuelven una misma cosa en estos poemas. Con una alegría, una vocación de inocencia tan inquebrantable, que sólo puede compararse a la celebración.  
Como ejemplo, me gustaría leerles este poema, uno de los primeros que trajo Gustavo al taller. Se llama El primer empleo y dice así:

Como tantas jóvenes
de la clase trabajadora
mi madre también iba
a los centros recreativos
de la UES.

En una ocasión
durante una tormenta fuerte
se apareció el general.
Las chicas lo recibieron
formadas en filas como
se hacía en aquella época.

¡Qué lindo día
para chapotear en charcos!
dijo Perón.
-Usted, porque tiene botas.
Replicó ella desde su sitio.
Y ahí, se produjo un silencio
que él interrumpió enseguida
con alguna broma pero
finalizado el acto, un secretario
se acercó a la muchacha
le preguntó cuál era su urgencia
si necesitaba algo.

Un trabajo, contestó
la que ya era maestra
y que un día, también
iba a ser mi madre.
Como si desde siempre
hubiera esperado
esa pregunta.

Lo cierto es que justo
a los quince días
por debajo de la puerta
de la pequeña casa
de Villa del Parque
el cartero deslizó una hoja
y era su nombramiento.

Libro anfibio, libro que gira entre dos mundos, entre dos orillas, en muchos sentidos. La madre y el hijo, la infancia y la madurez, la pobreza y la riqueza, o mejor dicho, entre el ahorro y el despilfarro, la conservación y la pérdida, que es uno de los atributos de la poesía por otra parte. Entre esas dos orillas, como sobre un techo a dos aguas, se mueve este libro, lleno de pequeñas historias, de detalles conmovedores. De fondo, una madre obrera, que hace valer sus derechos, como vimos recién.  Y una madre judía además, con ese poder absoluto que suele tener esta clase de madres en nuestro imaginario. De hecho, el niño poeta que escribe estos cuentos, no puede dejar de mirarla, como no podría ser de otra forma, encandilado, a través de esas diapositivas que son las palabras. Con un lenguaje directo, sin lujos, sin adornos (recuerden que la austeridad es la divida de esta familia) Gustavo reconstruye un mundo que forma parte de nuestra Historia, así, con mayúsculas, pero también de su corazón.

Desde aquel primer libro “Un rastrojero bajo el sol,” hasta este que hoy nos toca presentar, Gustavo ha hecho un solitario y silencioso recorrido que terminó colocándolo, si no me equivoco, en el centro de su propia escritura, en donde el oro de lo filial, ese pesado y dorado oro que marca cada una de nuestras vidas, está en su centro.  Sólo que ahora, la anécdota, a veces tan criticada, se asume a sí misma con el poder y el brillo de un oro largamente atesorado en la memoria.

Oro, tesoro de la palabra, de la memoria que resguarda y acuña, brillo primero, mina de oro, la madre y este maravilloso y maravillado museo personal, donde todo vive por primera vez, otra vez, para siempre.

No me extraña, por otra parte, que este libro haya sido publicado por una editorial que también pone su mirada sobre la infancia, y une, a través de un puente invisible, el ayer con el hoy, el tiempo de lo sucesivo con el tiempo de la infancia que es el tiempo de la poesía, que se parece a la eternidad. No me extraña, insisto, porque si alguien escribe estos poemas, si una voz se sobrepone y resplandece sobre las otras, es la voz de ese niño que es Gustavo Goottfried: un niño que va y vuelve, derrochando y preservando ese mundo que, contra viento y marea, queda guardado en este aplicado cuaderno lleno de composiciones, que es su nuevo libro de poemas.

El diseño del libro, de María Valeria Chinnici, con esas ilustraciones de época, pequeñas viñetas o dibujos cercanos al mundo del simulcop, me hace pensar en los viejos libros de lectura que poblaron mi infancia y un poco antes también. Pero, además, en un libro muy hermoso, que seguramente ustedes conocen: Los cuadernos de Fritz Kocher, de Robert Walser, donde un alumno ejemplar esboza sus primeras composiciones escolares, y su fe en las palabras. Vean algunos títulos, si no me creen. Los recuerdos de mi madre, Los sueños de Mary, El primer empleo, Mamá y la tía Paula en un avión a Río, Gracias por su visita, Mi tío Roberto… Con letra redonda y pareja, sin faltas de ortografía, Gustavo escribe estas composiciones en verso y prosa, de un tiempo que fue y de un tiempo que persiste, dulce y amargo a la vez, como la historia del ruiseñor y la rosa o la pequeña carta de amor y de perdón al Topo Gigio.

En fin. Con esto solo intento decir que si este libro es mágico, es juntamente porque un niño lo escribió. Un niño lleno de amor, de complicado amor por la madre (como es todo amor a la madre, por otra parte) pero amor al fin, con esa alegría y esa tristeza, con esa “ingenuidad sublevada” que tienen los niños y que tiene la poesía.
                                                                                                  
Osvaldo Bossi
Julio de 2017, Almagro   





martes, 11 de julio de 2017

Patricio Fogla, Adoro, texto presentaciión


Adoro o muerte


Osvaldo Bossi, costurera
sí, lo que escucharon
Osvaldo Bossi
costurera
Quiero decir, corte y confección
Penélope de sí mismo
Penélope, de su historia y de su Padre
el héroe original de toda su obra
siempre de regreso a Ítaca
siempre Odiseo multiplicado:
en los chongos
en los espejos de los baños
en los techos de los albergues transitorios
en el amor taxi boy
y en esta narrativa en estado de poema
en su flotación continua,
entre la alegría y la alarma,
como el suspenso que sentimos en el aire
cuando dormimos mientras afuera estalla una noche de tormenta.

Pero, les decía,
Osvaldo Bossi, costurera
Osvaldo Bossi, Penélope
tejiendo, surciendo, remendando
su vida en su obra
su obra en su vida
y Adoro
como un poema extenso
o una novela breve
y la vida y la obra aunadas
en un mismo suspiro
de dolor de goce de placer

Adoro, como quien dice
La vida
es obra
o no sería capaz de vivirla
Adoro, como quien canta un bolero
Adoro, como Penélope surciendo su propio destino
mientras de fondo en la radio se escucha una canción.

Quiero decir:
Hay en Adoro
una voz personal
esto es: apropiada, liberada,  
a contracorriente de la época
una voz femenina ymasculina, en medio de la noche
mientras en la ventana
brilla la luna como un signo supremo
y brillan los rayos de la tormenta como chongos,
como panes multiplicados, como un milagro
de la poesía y de la ausencia
y brilla en definitiva entonces el amor,
multiplicado
como pan
como signo
como rayo
como poesía de la ausencia

-toda poesía es poesía de la ausencia

Y cuando digo AMOR
no se confundan, porque no quiero decir
el amor líquido de Bauman
ni tampoco el amor elogiado de Badiou
No.
El amor en Adoro
es para mí
un amor clásico, platónico
El banquete y Adán y Eva,
Caín y Abel,
Ovi y sus chongos
Ovi y la noche
Osvaldo y su padre
Sobre todo eso
Osvaldo y su padre
casi como dos personajes de Becket
bailando un tango lento
a lo largo de este libro y de toda la obra del poeta
bailando su amor clásico
porque quién ama es divino  
celebra y se salva,
y porque el amor es lo que fue siempre
una vez más, herida, cicatriz y metáfora.

Adoro es entonces, para mí
un poema extenso y una novela breve,
tejida con los hilos del amor clásico,
una tela suave y áspera a la vez, que Penélope teje y desteje
mientras de fondo en la radio se escucha una canción
Adoro es la noche y sus espejos multiplicados
Adoro es la noche y sus chongos multiplicados
Adoro es un lugar en donde todo es espejo
y todo es espejo del padre
y miren qué particular, fíjense
qué cosa más curiosa
porque, en plena sociedad del cálculo
la respuesta es el derroche ilimitado del amor
en plena era tecnológica
la respuesta es la vuelta del amor en un sentido clásico
en plena era de la vida saludable
la respuesta es el amor
como la droga más dura y más poderosa

¿y cómo no pensar entonces
que se trata de una respuesta  
personal y genuina?

Aunque, por supuesto, nada de lo que diga sea tan cierto
Yo le creo todo a Adoro
le creo y me dejo llevar
por su lento baile de máscaras
por el chamuyo del padre enmascarado
por este tango lento y pop
dulce y meláncolico
Batman, Astroboy, Ovi…

Le creo a Osvaldo Bossi cuando enuncia
con su voz, siempre grave y pausada:

Señoras y señores

Adoro
o muerte.

 Patricio Foglia





jueves, 11 de mayo de 2017

Pilar Barrientos

Yo siempre quise un hércules barrial



REPROCHE
tenés tu pan
tu queso
tu libertad de sábanas desechas
tu silla desmayada de  la ropa
un monitor callado
De mí
allá
no hay nada
ni una foto
ni mi nombre en un papelito arrugado
Qué tedioso golpearte la ventana
de la cueva
cada noche
para corroborar
que sigo viva

CHONGO DEL AMOR
Yo siempre quise
un hércules barrial
de manos toscas
con cuerpo de varón
hombros tatuados
espalda bizantina
barba y mucho pelo en la cabeza
cumplido mi deseo
ay queridas amigas
me paso lavando sus calzones
friendo papas
escuchando los goles de la libertadores

ay queridas amigas
he de admitirlo
estoy perdida
y no puedo salir
del laberinto que me ofrecen sus brazos


GUASAP
dos gaviotas celestes
sobrevuelan la ausencia
o tal vez sean dos flechas
con curare virtual
todo mi día girará
alrededor de esas V
diminutas
enormes
está visto
que estoy a tu merced

PILAR BARRIENTOS




Pilar Barrientos es porteña y vive en Barracas. Tiene estudios de Ciencias de la Educación y Antropología. Escribe poemas desde que cursaba la escuela primaria. Algunos de sus trabajos pueden leerse en el blog “Pasajera en Tránsito” y en el blog “Ronda de bares” semblanza poética de los cafés de Buenos Aires ilustrada por Luis Alberto Fazio.





domingo, 2 de abril de 2017

textos profanos



Ultrateléfono

Algunos dicen que mi tía Martha era una pitonisa. Otros, una bruja. Otros, una poeta. De hecho, había escrito muchos versos en su juventud. Cuando la conocí, a los 17 años, ella me mostró una biblioteca vertiginosa, donde entraba todo, desde Espronceda a Madame Bovary, El romancero gitano y El cantar de los cantares. Al enterarse que yo también escribía, puso en mis manos una carpeta llena de sus composiciones, casi todos versos rimados y copiados, prolijamente, con su preciosa letra de maestra. Aunque no era maestra. Era bruja, era pitonisa. Curaba a todos los enfermos del barrio. Les pasaba la mano por el lugar herido y, mientras decía una oración, los curaba. O hablaba con los muertos y los invitaba a tomar mate con ella en la cocina. Un día le dijo al fantasma de mi abuela Amalia que se sentara a tomar mate con nosotros, y mi abuela se sentó, nomás. De joven, había sido tan hermosa como María Félix, los ojos grandes, el pelo negro hasta la cintura. Con el tiempo, se había transformado en una mezcla de Gabriela Mistral y Olga Orozco. Yo le leía mis primeros poemas en la cocina de su casa, entre mate y mate, y ella me reprochaba esa tendencia mía, demasiado autobiográfica. Fruncía la boca y miraba para otro lado. Decía que lo que hacemos entre cuatro paredes es nuestro y no hay por qué mostrárselo a los demás. Pero yo quería salir de mi encierro, así que, con todo el dolor del mundo, dejé de mostrarle mis escritos. Un día su casa se incendió. Ella dice que salió a la vereda a mirar como el fuego se llevaba todo, sin horror, mientras fumaba un cigarrillo. Yo pensé enseguida en la Casa Usher de Poe. Dicen que murió en un geriátrico o en casa de una pariente lejana. Lo cierto es que un día desapareció, sin dejar rastros. Yo seguía luchando por salir de mi encierro, y algunas veces lo conseguí. Me dio un cuarto, en su casa, para que escribiera, y cuando el albañil quería llevarme para la obra, ella le decía que no me molestara, que yo estaba escribiendo. Recuerdo que una noche de Navidad se vistió con un hermoso vestido celeste, el pelo recogido en lo alto y un poco de rouge en los labios. Se acercó al tocadiscos y puso una canción antigua, que a ella le encantaba. Una canción de Cacho Castaña, hermosa y absurda como ella. Cara de gitana, dulce apasionada, bailaba y cantaba mi tía Martha, mientras preparaba la cena. Cada tanto, sueño que ella me llama por teléfono, o me llama realmente y me dice: "Todo lo que no pude ser, todo lo que estaba vedado y reprimido en mí, en vos se hizo posible, como en ese poema de Alfonsina Storni, ¿te acordás?" Luego corta, y su voz gruesa, de fumadora -pero también de cantante de tangos- queda reverberando en mis oídos por mucho tiempo. 

Osvaldo Bossi

jueves, 30 de marzo de 2017

Néstor Perlongher





POR QUÉ SEREMOS TAN HERMOSAS...

 Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas
(tan derramadas, tan abiertas)
y abriremos la puerta de calle
al monstruo que mora en las esquina,
o sea el cielo como una explosión de vaselina
como un chisporroteo,
como un tiro clavado en la nalguicie.

Por qué seremos tan sentadoras, tan bonitas
los llamaremos por sus nombres
cuando todos nos sienten
(o sea, cuando nadie nos escucha)
Por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas
tan solteronas, tan dementes

Por qué estaremos en esa densa fronda
agitando la intimidad de las malezas
como una blandura escandalosa cuyos vellos
se agitan muellemente
al ritmo de una música tropical, brasilera.

Por qué seremos tan disparatadas y brillantes
abordaremos con tocado de plumas el latrocinio
desparramando gráciles sentencias
que no retrasarán la salva, no
pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero

Por qué seremos tan despatarradas, tan obesas
sorbiendo en lentas aspiraciones
el zumo de las noches peligrosas
tan entregadas, tan masoquistas,
tan hedonísticamente hablando

Por qué seremos tan gozosas, tan gustosas
que no nos bastará el gesto airado del muchacho,
su curvada muñeca:
pretenderemos desollar su cuerpo
y extraer las secretas esponjas de la axila
tan denostadas, tan groseras

Por qué creeremos en la inmediatez,
en la proximidad de los milagros
circuidas de coros de vírgenes bebidas y asesinos dichosos
tan arriesgadas, tan audaces
pringando de dulces cremas los tocadores
cachando, curioseando.

Por qué seremos tan superficiales, tan ligeras
encantadas de ahogarnos en las pieles
que nos recuerdan animales pavorosos y extintos,
fogosos, gigantescos.

Por qué seremos tan sirenas, tan reinas
abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo
tan lánguidas, tan magras

Por qué tan quebradizas las ojeras, tan pajiza la ojeada
tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos
salpicando, chorreando la felonía de la vida
tan nauseabunda, tan errática.


CANCIÓN DE AMOR PARA LOS NAZIS EN BAVIERA

Marlene Dietrich
cantaba en Londres una canción entre la guerra:
Oh no no no es cierto que me quieras
Oh no no no es cierto que me quieras
Sólo quieres a tu padre, Nelson, que murió en Trafalgar
 y ese amor es sospechoso, Nelson
porque tu papá
era nazi!
Era el apogeo de la aliadofilia
debajo de las mesas aplastábamos soldados alemanes
pero yo estaba sentada junto a ti, Nelson
que eras un agente nazi
Y me dabas puntapiés

Oh no no no es cierto que me quieras
Ay ay ay me dabas puntapiés

Ceremoniosamente me pedías perdón
posabas una estola de visón sobre mis hombros
y nos íbamos a hacer
el amor a mi buhardilla
pero tú descubrías a Ana Frank en los huecos
y la cremabas, Nelson, oh

Oh no no no es cierto que me quieras
Ay ay ay me dabas puntapiés
Heil heil heil eres un agente nazi

Más acá o más allá de esta historieta
estaba tu pistola de soldado de Rommel
ardiendo como arena en el desierto
un camello extenuado que llegaba al oasis
de mi orto u ocaso o crepúsculo que me languidecía
y yo sentía el movimiento de tu svástica en mis tripasoh
oh oh oh



EL MAL DE SÍ

Detente, muerte:
                tu infernal chorreando
escampar hace las estanterías,
la purulenta salvia los baldíos
de cremoso torpor tiñe y derrite,
ausentando los cuerpos en los campos:

los cuerpos carcomidos en los campos barridos por la lepra.

Ya no se puede disertar.

Ve, muerte, a ti.
Encónchate sin disparar el estallido de la cápsula.
Escondida que no seas descubierta.
Pues una vez presente todo lo vuelves ausencia.
Ausencia gris, ausencia chata, ausencia dolorosa del que falta.

No es lo que falta, es lo que sobra, lo que no duele.
Aquello que excede la austeridad taimada de las cosas
o que desborda desdoblando la mezquindad del alma prisionera.
Mientras estamos dentro de nosotros duele el alma,
duele ese estarse sin palabras suspendido en la higuera
como un noctámbulo extraviado.



Néstor Perlongher
(Avellaneda 1949, San Pablo 1992)



jueves, 16 de marzo de 2017

Derrotero, texto presentación



Nómade en el balcón

Pocos poetas tienen tan clara la noción de ritmo en poesía como Nora Sztrum. De hecho, puede leerse su libro como una pieza musical, un vaivén de frases y de sílabas que acarrean sentido y al hacerlo, casi enseguida, lo dejan ir. Como si el sentido, lo que nos quiere decir un poema, fuera siempre la punta del iceberg. Una aproximación, el indicio de algo que corre en permanente fuga, de nosotros y hacia nosotros, y que difícilmente podamos atrapar. 

Con esto no quiero decir que el libro no cuente algo, no intente decirnos algo, de alguna manera. Yo creo que sí, y hasta un poco a pesar suyo, lo dice, da una clave, una llave para abordar su lectura. Sólo que esa llave, en lugar de abrir una puerta, abre muchas. Cada verso, si no me equivoco, hace lo mismo. Avanza, está a punto de decirnos algo, incluso lo dice, pero inmediatamente encuentra su contradicción, su dicción en contra, que no es otra cosa que el anverso de una moneda mágica. Y, sobre todo,  sonora. Estos poemas, más que leerse, se cantan, y a partir de esa sonoridad deslumbrada, cada vocablo encuentra su eco.

La primera parte, por ejemplo, se llama Balcón, y nada más tranquilo en apariencia que un balcón, salvo que se tope con esta manera de decir un poco esquiva, que tienen estos poemas. Si me permiten, voy a leerles el que abre esta suerte de partitura musical; no tiene título y dice así: nómade / aunque no gitana / anclo en el balcón // tierra firme en el aire / y mis pies ríos / en la baldosa alzada // miro la luna y está llena / ¿va’llover? / ¿se nubla la mirada? // en este puerto que no zarpa / vaivén oscuro / parate móvil // me subo al carro con lonas rotas / oigo ladridos y / cabalgamos.

Como verán, cada verso carga su cuota de sentido, pero al mismo tiempo atrapa en el aire lo que está flotando a su alrededor, y este efecto, en lugar de volver más pesado los versos, los aligera. De pronto tenemos una nómade que ancla en el balcón, tierra firme que está en el aire, puerto que no zarpa y es, sin embargo, un parate móvil. Como si una cosa nombrara siempre su contrario. Las palabras se niegan a nombrar, se niegan a transportar pesados bloques de sentido y desatan, a cada paso, una trifulca, una pequeña revolución.

Voy a través, llama Nora  la segunda parte de este libro, y esa forma de moverse, de viajar, es una clave para abordar su lectura.

Ahí están el río, los hijos, el viaje, la montaña, los trenes, la juventud. Todo encabalgado, roto, fragmentario, fugaz. “Pero igual corríamos, corríamos, dice, mi pecho iba adelante y los pelos los pelos / tenían vida propia / yo los llevaba en mi cabeza / al viento /a veces se enredaban en las ramas /los rulos tironeaban espinillos // (:::) zancadas zancadas / estreno de palabras en el camino / llegábamos al muelle triunfantes / raspones en las piernas / abrojos / astillas de madera / pies pinchados piedritas // zarpábamos / del otro lado los niños / saldrían de la escuela.” Más que poemas, un turbión de frases en contante despegue y a toda velocidad. De ahí que no haya tiempo (como el tiempo estacando que hay en las películas de Bergman) y, por eso mismo, todo fluya en cascada, en medio de las risas, y el deseo, siempre el deseo, como Sofía y Marcello en la película de d’étore Scola.

Derrotero, este segundo libro de Nora Sztrum, es ante todo un recorrido vital que sólo el lenguaje, con todas sus bifurcaciones y aristas, puede poner delante de nuestros ojos. Aunque la palabra derrota refulja en su centro; no importa. El movimiento es siempre hacia adelante. O, en todo caso, se balancea sobre ese instante que contiene, en un mismo relámpago, todo el pasado y todo el porvenir. De cualquier forma, el poema es un cuerpo vivo y vulnerable que atraviesa la sintaxis y el orden establecido, y se llena de raspones, heridas, lutos, abrojos, risas, en incansables escenarios de luz.  

La última parte se llama Rusia, y una vez más las cosas, la lengua se mezcla, de manera que estamos aquí, en esta estepa sudamericana, entre adoquines y “tundras con lirios que relinchan la pampa” y al mismo tiempo allá, en la otra estepa, con toda su nieve siberiana, montados sobre un trineo, “buscando en vano un monumento de Pushkin”. Si cada palabra posee su doble, el yo lírico que habla en estos poemas también. Pienso en Leónidas Lamborghini, pero sobre todo en uno de sus libros fundamentales, Las patas en la fuente, sólo que en Nora la parodia da lugar a la revelación. ¿De qué? De un mundo, de una lengua, de una época en particular (la Argentina de los años 70 con toda su epifanía de batallas y fugas), pero también la actual, porque todo en la poesía de Nora se actualiza, cobra vuelo en el presente, tan inestable como nosotros.

Sobre el final, como una coda, o furgón de cola (¿furgón de fuga?) hay un poema que, con la metáfora de un sueño, la vida como sueño, echa una misteriosa luz sobre el libro en su totalidad. Una estación de trenes, con sus tembladerales de luz, como tienen las personas y los lugares en los sueños, y un boleto y un tren que partió, o que estar por partir, y esa voz que se escucha diciendo “es que perdía el tren / lo perdía…” Apenas una vuelta de tuerca, inesperada, que pone su acento, ya no sobre la vida en fuga sino sobre la fugacidad de la vida. Porque el tiempo corre y ya no alcanza. Por eso escribimos poemas, como locos, y a toda velocidad. ¿No es cierto, Nora?

Osvaldo Bossi
Marzo del 2017









sábado, 11 de marzo de 2017

La vida en los techos, texto presentación



Ser y no ser

       Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”, dice Virginia Woolf en su célebre ensayo “Un cuarto propio”. Cuando dice ficción se refiere a escribir novelas, pero, si no estoy errado, también podríamos llevar esa afirmación a los poemas y decir, tranquilamente: Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir poesía. Es decir, un espacio de libertad en donde pueda ser ella misma y también su contrario. Sobre todo eso: una morada donde sea posible la duda y la contradicción. Y donde una cosa no impida la otra y todas las verdades convivan. La buena madre con la mala madre, la rea con la santa, la mujer madura con la niña, la poeta con el ama de casa, la mujer araña con la mujer tranquila, etc., y desde luego, en el centro de toda esa constelación errática, la mujer sola.
      Si no me equivoco, los poemas de este libro de Verónica Pérez Arango están escritos en el interior de ese cuarto, aunque en su caso el cuarto propio esté al aire libre, sobre el techo de la casa familiar. Como una habitación salvaje, a la intemperie. Una habitación como reflejo de la intimidad y deseo de estar lejos, muy lejos, en el cielo (para llamarlo de alguna forma) interminable y nocturno de los poemas. De hecho, hay un poema, pequeño, que nos deja esa idea inclaudicable de soledad que tiene la poesía. Se los leo, de llama “Nunca dormir”: Yo busco un poco mi letra / en ese teclado que enciende / una hilera de puntos / como una ruta luminosa / que se queda despierta la noche entera / y me acompaña y deja a salvo / del brillo insoportable de la aurora / o del grito del pájaro parlanchín en la ventana.
        La propia letra, una ruta luminosa, a salvo del brillo insoportable de la aurora o del grito del pájaro parlanchín en la ventana. Malhumor ante la vida diurna, cargada de obligaciones, y ansiedad de que llegue la vida nocturna, habitada por la poesía.
Hay otro poema, complementario de este, que se llama Canción de cuna y dice así: Espero que te duermas / hermosos bebé / para dejarte de lado / en la siesta y volver / de puntillas, sin dejar huella / a mi hogar secreto de poemas. Entre paréntesis, esta canción de cuna me hace acordar a aquella otra, tan escalofriante y graciosa, que escribió Silvina Ocampo, y que si mal no recuerdo dice así: Duérmete, niño mío / que si no duermes / vendrán los animalitos del bosque / y te comerán los bracitos.
        Lo cual nos lleva a ese momento crucial de la poesía en lengua inglesa, en el que Silvia Plath (Lady Lázaro) se levantaba a escribir a las cuatro de ma matina los poemas que la consagrarían después, ¿se acuerdan?; se preparaba grandes jarras de café y aprovechaba ese momento en que los niños dormían   para escribir esos poemas demoledores. Tiempo robado al tiempo, y niños que afortunadamente duermen, y si no duermen, bueno, que se las arreglen solos por un rato, lejos del asfixiante trabajo materno, para que devengan, en todo caso, criaturas salvajes e indomesticadas como la propia autora.
         Y a la vez, todo lo contrario. Escritura amorosa. Cumple con su papel a rajatablas y se consagra, en cuerpo y alma, al cuidado de esos niños que son, en cierta forma, su espejo. Como en ese poema, con fecha 27 de noviembre, donde la madre nos cuenta que hace algunas horas operaron a su hijo, y se siente (no puede evitar sentirse) culpable por haberlo entregado “para que lo drogaran a la fuerza”, así lo dice, con esa brutalidad, mientras absorbe “con lentitud el olor a anestesia” que se desprende de la boca del niño, y de esta forma intoxicarse e irse, ella también, a la “piecita oscura de los sueños”. Es terrible esta imagen. Es terrible esta vocación salvadora, de entrega que tienen generalmente las madres, y que lleva a la voz que habla en este poema, “a la piecita de los sueños” (¿el cuarto propio?) donde poder intoxicarse, drogarse con el cuerpo de amor que es el niño, y así olvidar su propio destino personal.
       Todo el libro es así. Si hay una línea, un argumento infalible, es la dualidad. La cara diurna y la cara nocturna del amor. Que se pone en juego, por completo, en la escritura de estos poemas. Me refiero, para ser más preciso,  al amor filial (padre, madre, hijo, esposa, esposo) que en su telar mágico construye una manta que puede ser, al mismo tiempo, protectora y destructora de lo que ama. ¿Un cuarto propio es un cuerpo propio, en contra de los requerimientos sociales? ¿Es la propia voz, la voz de la escritura, siempre un poco disonante (la voz chillona, como decía Borges de Alfonsina Storni), la voz que dice lo que no se tiene que decir, se contradice, rompe con los lugares establecidos y, cada tanto, patea el tablero? Y yendo un poco más lejos. ¿Los poemas que escriben actualmente las mujeres poetas, ¿ponen una vez más en acción el eterno dilema hamletiano, entre el ser o el no ser, y al hacerlo se rebelan, lo bajan a tierra y eligen, alegre y amargamente, las dos cosas?  No lo sé, pero lo cierto es que sobre ese techo a dos aguas el libro avanza y se mantiene, misteriosamente, en equilibrio. Como si dijéramos: con una mano su autora sostiene la mamadera y con la otra tipea disciplinada, enloquecidamente, una escritura que no se deja clasificar. O mejor dicho, disciplinar. Casi siempre en falta y un poco salvaje, o muy salvaje, o salvaje a secas, como es la escritura de Pérez Arango, y como lo es este libro en particular.
         En fin, La vida en los techos, aunque se esté en la cocina o el cuarto de los niños. Esa vida doble, casi en simultáneo, que rebelan en cierta forma los poemas, es, todavía, lo más perturbador. Esa voz que atruena, en primera persona, en los libros y en las canciones.  No hablo de causas. Hablo de voces y, sobre todo, de una lírica que sea, al mismo tiempo, salida de sí y bandera de guerra y canto de amor.  Como cuando la poeta rusa, Marina Tsvitaieva dice: “Mi única alegría son – los versos. Yo escribo como otros beben –y no vino, agua. Sólo entonces soy feliz, me siento segura”. Pero también esto otro: “En este mundo cristianísimo, todos los poetas son judíos”.
       En un tono menor, cribado por una suerte de distanciamiento que evita el desborde emotivo, los poemas de Pérez Arango se meten con lo más difícil: la cárcel en la que se encuentra atrapado, de alguna forma, nuestro destino, pero también un indicio de luz y una llave. Su sola escritura es una forma de atravesar la realidad y modificarla.
                                                                                              
 Osvaldo Bossi