martes, 24 de abril de 2018

Cumbia y religión, Guido M. Delía



Vengo de bailar una cumbia y estoy en éxtasis

La otra tarde, el muchacho de la carnicería, en Burzaco, mientras ponía unas tiritas de asado en la balanza, me explicaba, muy amablemente, para que yo comprendiera: 

--Todo lo que usted diga señor, pero si uno es pobre, tiene que creer en algo. Si no, la malaria es completa. Además de techo, trabajo y comida, te falta amor. No, señor. El ateísmo es para los ricos o para las personas instruidas. Para las personas que tienen dónde apoyarse. Una cama limpia, gas natural. Una canilla en la cocina y otra en el baño. Una heladera, y adentro de la heladera, comida. Pan y trabajo, señor. Si tengo eso, no digo mucho, sólo eso, no necesito de ningún Dios. Me las arreglo de alguna manera. Pienso y luego existo, decía el filófoso.  Sólo que mi único pensamiento es cómo voy a rebuscármela mañana. Diga que, por suerte, está Dios, y están los emisarios de Dios en la Tierra. Está el gauchito Gil, por ejemplo,  siempre al pie del cañón, re piola, y está San Expedito que, como su nombre lo indica, anda a los pedos ocupándose, con su carrito alado, de las causas urgentes. Y está la cumbia, señor. Que sería de nosotros sin la cumbia. Qué sería de nosotros sin un Alcides o sin los Wawankó. No quiero ni pensarlo. Sin Dios y sin cumbia sería la desgracia completa. En cambio, yo prendo el equipo y ahí están, aturdiendo la oscuridad, moviendo las cachas. Qué alegría. Cumbia y religión, ¿puede haber en el mundo una mejor combinación que esa? Para los tristes, para los desesperados. Para los que lo perdieron todo o están por perderlo, no importa. Por un ratito, al menos, lo que dura un relámpago, ahí está Yerba Brava, y Lía Crucet, y Los Charros, y Gilda, y están Los Palmeras. Una lamparita cuelga a la entrada del rancherío, enseguida corremos la mesa, las sillas, y sobre el patio de tierra apisonada o de cemento, largamos todo y nos ponemos a bailar. Qué bonita está la noche, radiante como ninguna. Y el vino, que es la sangre de Dios.

--O una cervecita bien fría, que es la sangre de Dios también --agrega mi compadre, sonriente.

--Cumbia y religión –repite el muchacho de la carnicería--, que no es, como algunos andan diciendo por ahí, el opio de los pueblos. No, señor. Es la alegría de los pueblos, y es una forma de rebelión también. Contra los opresores, que muchas veces tienen nombre y apellido, y a veces es solamente la vida, con su malaria. ¿De qué se ríen estos negritos muertos de hambre?, dice el opresor de turno.

Y mi compadre, que siempre hace chistes, se pone a cantar, la voz aflautada, como un auténtico cumbianchero:  “Yo tomo licor / Yo tomo cerveza  / Y me gustan las chicas. / La cumbia me divierte y me excita. / Salgo a caminar / Recorro boliches / Me pierdo en las noches / Vivimos cosas buenas, junto a mis amigos.”

Al escucharlo, el muchacho de la carnicería y yo nos reímos de buena gana.

--Qué sabe esa gilada --sigue el muchacho--. Cumbia y religión para los pobres. Un dios piola que haga más amable esta vida. Y cuando digo pobres, estoy hablando de lo que nada tenemos. De los que andamos de un lado para el otro, solitos, borrachines, sin encajar en ninguna parte.

--En la noche me la paso divirtiéndome / En la noche me la paso delirándome --canta mi compadre. La voz pastosa, un poco de este lado y un poco del otro. Como los poemas de Guido, Guido M. Delía, pienso inmediatamente. Sus poemas, que no encajan en ningún lugar. Cumbia y religión, así se llama éste, su primer libro, que no se parece a nada y que no entra en ninguno de los prestigiosos anaqueles de la joven poesía argentina. Ni poesía chabona, ni realismo sucio. No. Todo lo contrario. Con los materiales más sencillos y más nobles (la soledad, el deseo de amor, el miedo, o el miedo, el deseo de amor, la soledad, en el orden que quieran) este libro se anima a contar los días y las noches de un chico que, por alguna razón, se quedó afuera de todo. Clase media, más o menos acomodada, y sin embargo afuera de todo, él también, como los pibes de Burzaco o de Gonzalo Catán. Pienso en Alda Merini y en sus amigos del manicomio, la única gente en la que ella creía, en la misa de esos poemas que, a pura cumbia, derriban cada noche las murallas de Jericó. Desde ese lugar político, social, desde esa expulsión, se viven y se escriben estos poemas de Guido, que, si bien no asaltan un supermercado, ponen una pequeña bomba en nuestras vidas refinadas, burguesas. Poemas que tardaron en salir a la luz, pero al hacerlo, son una prueba de resistencia. Cuando Guido entró al taller de poesía, hace ya muchos años, parecía que no iba a salir nunca de ese encierro, y que si queríamos entrar, íbamos a tener que ser pacientes. El mismo lo fue. El mismo, paso a paso, fue tirando abajo los muros que lo rodeaban, y un día, sin que nada lo predijera, los poemas, estos poemas, aparecieron. Uno detrás del otro, uno más hermoso que el otro. La poesía, como la gota que horada la piedra. El amor de los amigos, como un aullido que, tarde o temprano, rompe las barreras del propio  encierro y se deja escuchar. Cada poema, una postal de guerra. Una postal de amor. No sé de dónde salieron. En ellos, casi siempre la anécdota está presente, como para que nos situemos en algún lugar, en un momento determinado. Pero no son el sostén del poema, no, sino el escenario, un poco fantasmal, donde la voz se desplaza, donde la voz nos deja entrever, de alguna manera, su soledad, la amarga y dulce soledad de los pibes a la noche y en cualquier esquina. Pero también esos momentos de honda camaradería, donde la voz de eso otro. desconocido, se deja oír. Como en este poema, llamado Cuanta gente tiene miedo, que abre el libro y dice así:

Yo soy el primero en decidir lo que soy:
un pasajero que no entiende las normas
que me impone este lugar. Siempre en la vereda
siempre en la columna apoyado. Siempre entre vecinos
que tampoco entienden. Siempre con la cerveza
en encuentros nocturnos. Siempre alzando la voz
en la noche. Siempre con el dolor en mi pecho.
Siempre en un círculo al que no puedo romper.
Siempre jugando a que la vida no mata.
Siempre con el llanto de la distancia
que calma un cielo ausente. Siempre con miedo.

Más que el relato limpio, el canto. Más que los himnos a la noche, la plegaria. Una musiquita apagada, en sordina, que da cuenta de cierta desolación. La de Guido, es una escritura a contrapelo. Una escritura que lucha con la sintaxis y al final la deja de lado. Que recupera y pierde el sentido, como antes y después de una borrachera. Y aun así, aun así…, amables, atravesados por un deseo de amor imbatible y frágil, que se detiene en los detalles más pequeños. El cambio de una heladería a la que se era fiel, Rapallo, por otra, Freddo, la competidora, que ofrece una promoción más conveniente. El momento solitario de disfrute, y el final, que es algo más que una advertencia, es un imperativo. Leo el último fragmento:

Tengo la sensación
mientras espero, que estoy traicionando a mi heladería.
En ella comía dos gustos: dulce de leche granizado abajo
y frutilla a la crema arriba. Me iba a la plazoleta de Hipólito Yrigoyen
y me sentaba. Descansaba de estudiar. Y con el uniforme del colegio puesto
me distraía. Veía pasar los coches, la gente, mientras devoraba la frutilla.
Aún tengo ganas de volver a comprar en Rapallo. Puedo hacerlo. Tengo que hacerlo.

Y lo hace, vuelve a hacerlo. Todo el libro es así. Un motivo banal, se convierte en la clave para entender, o entrever, otra cosa. Como por ejemplo, la inesperada aprobación de una maestra le recuerda la poca valoración que tuvo siempre por parte de su madre, a tal punto, que terminadas las clases, quiere seguir sabiendo de ella, la sigue, como un perrito de la calle que encuentra, en el cariño de un desconocido, un hogar. Ahora bien, en esa desubicación, en esa falta de algo o alguien, hay también cierta forma de orgullo, cierto reconocimiento de sí mismo, de un territorio que, aunque doloroso, es más verdadero que el otro, impuesto. Y por eso mismo la alegría surge, en medio de esa incertidumbre, como el estribillo de una canción donde se mezcla todo, lo bueno y lo malo, el vino y el fernet, la noche y el día, el coito y la resaca, en una jarra imantada, psicodélica, como ese poema de Viel Temperley que dice, una y otra vez, ¿se acuerdan? “Vengo de bailar una cumbia y estoy en éxtasis”. La cumbia como metáfora y como contravención. Sudada, cantada, en un boliche de Lomas de Zamora a las cuatro de la mañana. Como esta otra cumbia, inolvidable, piedra negra sobre una piedra blanca, que dice hacia el final:

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la cumbia, los caminos

Tiene razón el muchacho de la carnicería. Tenés razón, compadre.  Sin cumbia no se puede vivir. La cumbia negra de Alejandra Pizarnick, la cumbia interminable de juanele o la otra, más festiva, barriobajera, de Perlongher. La cumbia piquetera de Diana Bellessi,  Cumbia y Religión, como en esa cumbia, maravillosa, del chileno Teilier, donde pide:

Cumbia para la niña que nadie
saca a bailar, para los hermanos que
afrontan la borrachera y a quienes desdeñan
los que se creen santos, profetas o poderosos.

Cumbia y religión, de Guido M. Delía. Para que escuchen y aprendan los que se creen importantes. Y para mí, que no aprendo nunca. Una cumbia, Dios mío, sólo eso te pido. Cumbia y religión, para atravesar la noche oscura de San Juan de la Cruz. Yo y el muchacho de la carnicería, yo y mi compadre, uno más alegre que el otro, más triste que el otro, bailando esta cumbia, bizarra y clandestina bajo un toldo de estrellas.

Osvaldo Bossi
La Tribu, abril de 2018





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